Hemos pasado otro fin de semana en Pedro Bernardo, este distinto en su ejecución, sin las habituales escalas en Algodor. Al volver de Loarre dejamos la cometa en Getafe, donde fuimos a recogerla ayer sábado por la mañana.
Antes de salir, colocamos en el salpicadero de la furgo el soporte para estrenar nuestra PDA con GPS, que después de un mes y pico por fin tenía el software de navegación instalado. Poco nos duró la alegría de verla en marcha, hasta Getafe precisamente.
Mientras yo cargaba el ala, Sara intentó meterle la ruta hasta Pedro Bernardo con la sana intención de vivir la experiencia de oir la dulce vocecilla del cacharrito durante nuestra travesía. Tristemente sin saber muy bien como, comenzó a comportarse de forma cada vez más extraña y se me ocurrió reiniciarla.
Al volver a la vida, todo el software de navegación se había esfumado. Menos mal que podría hacerme el camino a Peter casi con los ojos cerrados. Y Sara le quedaba en la PDA el juego de las bolitas con el que, incluso ahora mismo, a estas horas del domingo, sigue enganchada.
Subiendo al despegue André, Gunter, Casimiro, Armando, Julio y Pepe estaban en el aire, todos por encima del despegue. Me pareció ver un ala camino del aterrizaje. Parece ser que se trata de un chico que llevaba unos diez años sin volar y que de nuevo anda por los aires. Una vez en el despegue me entró una flojera generalizada por todo el cuerpo.
El viento era de unos cuarenta km/h pero con sacudidas bastante violentas. No quedaba ya nadie allí, estabamos solas Sara y yo. Nos sentamos en una roca tranquilas, reposando del viaje, viendo como volaban Casi y André junto a un buitre. A Julio hacía rato ya que le habiamos perdido la pista. Decidí que no volaba, que quedaba el domingo y no me apetecía montar la calva y salir con tanto viento.
Llamamos a Julio. Ya había aterrizado, en las campas grandes del pilón grande, cerca de Casavieja. Casi aterrizó también por allí cerca, más pegado al río Tietar. Fuimos a recogerlos. A La Iglesuela habian llegado Gunter, André y Armando.
Al día siguiente, hoy por la mañana, Gunter nos esperaba a todos. Habiamos cargado las cuatro alas (la suya, la de Julio, la de Armando y la mía) en su furgo y aguardaba inquieto. Subimos al despegue los cuatro y Sara. Había mucha caña también, tanta como la de ayer o más.
Pero lo que son los cuerpos, esta vez sí que me puse a montar y salimos, en este orden, Gunter, Pepe, André y yo. A Julio y Armando no les apetecía el Rock'n'Roll que nos esperaba ahí arriba.
Justo antes de salir apareció por el despegue Javi, al cual hacía bastante tiempo que no veia. Subía a llevarle pan a su hermano que andaba en la montaña con las ovejas, más arriba aún. Me hizo mucha ilusión volver a verle y me comento que el 205 les está haciendo un buen apaño aún. Me despedí de él y de Sara y llamé a Julio para que me echase un cable para acercar el ala hasta la zona de salida.

Logré ganar unos seiscientos metros sobre el despegue con una térmica que giré debajo de André y de un buitre. André tiró para Gavilanes pero yo dudé, y en lugar de seguirle intenté salirme al valle, pero con el viento lateral. Decisión poco acertada esta: en poco tiempo estaba cien metros por debajo del despegue, todavía lejos de la vertical de la carretera 501. Decidí tirar hacia la campa, pero el viento fuerte de cara no me dejaba llegar al aterrizaje oficial, ni a la campa anterior. Aterrizaje delicado como simpático el que me tocó pues, con mucho viento, un tendido eléctrico a lo largo, vallas al principio, vacas al final y dos árboles bastante hermosos enmedio generando rotores ("guarrería" que decimos en argot volador).
Me defendí de las sacudidas y finalmente aterricé como una bailarina, pero una vez en el suelo, una de las vacas me miraba desafiante y agitaba la tierra con sus pezuñas delanteras. "Tío, va a ser un toro" pensé inmediatamente, "no, si al final ya verás tú...". Corrí con el ala viento de culo hacia la otra punta de la campa, por si las moscas.
Al recuperar la calma llamé a Sara. Había quedado con Mari Ángeles a las seis en Pozuelo para que conocer a su primer retoño, Guille, antes de que se lo suban de nuevo a Barcelona donde viven. El tiempo se nos estaba echando encima y llevar el ala a Algodor o Getafe se había complicado. Pero tan amables como agradables, Julio y Armando me aconsejaron dejarla en La Iglesuela, en el local de Mari Mar, ofreciendose a descargarla y hablar con ella para explicarle todo. ¡qué compañeros! ¡Gracias!
Así es que allí les dejé mi calva y según llegamos a La Iglesuela, nos despedimos de Gunter que como no, había llegado volando y nos fuimos, pitando, a conocer a... ¡Guille!